El director griego acaba de estrenar su última película en nuestro país, un thriller psicológico que continúa la línea de su cine, altamente perturbador, con un estilo que recuerda a Kubrick,
Steven ( Colin Farrell) su mujer (Nicole Kidman) viven felices con sus dos hijos. Cuando conocen a Martin, un chico que perdió a su padre, Steven decide acogerlo bajo su ala. A partir de ahí la relación entre ambos dará un giro sombrío y perturbador que obligará a Steven a tomar decisiones complicadas.

La cinta sorprendió este año en el circuito de festivales, destacando Cannes (Mejor guión) y Sitges (Premio de la crítica). En esta ocasión Lanthimos, con su simpatía por los títulos que contemplan formas animales, nos trae una interpretación del mito heleno de Ifigenia, que involucra a Arthemisa y Agamenón, en el que este caza aun ciervo sagrado en el bosque de Atenea y por tal agravio la diosa le exige un sacrificio (el de su hija) o no podrá volver con su flota de vuelta a Troya.

Lanthimos nos hace pensar aquí en la permutación de los dioses por la ciencia, en la creencia de que podemos escapar de nuestro destino porque somos dueños de él, y el correspondiente castigo por tan soberbia afirmación. Es una historia de pecados, venganza y cargo de conciencia.

El estilo y el tono funcionan, para los que gustan de comparaciones, alejándose de un Haneke al que a menudo se equipara por la incomodidad que despierta y su estatismo y para tomar ciertos aires de Kubrick, con amplios interiores encuadrados en perspectiva. Los actores se distancian en cierto modo del papel con sobriedad como suele ocurrir en las películas del heleno, y la historia nos deja descompuestos, pensativos y heridos.